NO LE DES CONVERSACIÓN… ¡Y TU MENTE TE DEJARÁ EN PAZ!

brain_training-1-8x6Un habilidad importante que abordamos en los talleres de inteligencia emocional para emprendedores, profesionales y directivos, es la «regulación emocional».

Ésta consiste en, una vez percibida y analizada la información emocional que captura nuestra atención, decidir si nos interesa seguir con ese sentimiento (o experiencia mental de la emoción) porque facilita nuestra tarea, o cambiarlo, porque la obstaculiza o potencia el riesgo de error.

El objetivo siempre es doble: equilibrar bienestar y productividad, de forma que podamos seguir siendo productivos y sentir bienestar, serenidad o calma.

Una dificultad añadida en muchas personas es la tendencia innata o aprendida a «rumiar» la experiencia mental de la emoción (desagradable en la mayoría de casos), masticando una y otra vez pensamientos y sentimientos que nos distraen de la tarea que tenemos delante, a pesar de haber pasado minutos, horas o días desde su aparición.

Por supuesto me refiero a situaciones habituales del día a día en el trabajo de cada persona, no a eventos de envergadura suficiente como para hacer «tambalear» a la mayoría de nosotros.

¿Por qué se produce este fenómeno en muchas personas?

Una de las características de la información emocional que genera nuestro cerebro es que ésta es capaz de capturar nuestra atención y producir pensamientos, recuerdos, percepciones y tendencias de comportamiento totalmente alineados con dicha información emocional.

Por ejemplo, un cliente no efectúa el pago de una factura sobre la que teníamos la expectativa de cobrar en tiempo y forma (algo muy habitual en el día a día de las empresas).

Automáticamente se suele producir un sentimiento de frustración, que puede evolucionar a tristeza (experiencia de pérdida) y/o enfado o sentimiento de injusticia. Esto, evidentemente, captura nuestra atención e impide que continuemos con la tarea que estábamos haciendo o teníamos previsto hacer, de forma satisfactoria.

La emoción de tristeza y/o rabia se produce de forma «automática», sin embargo, dependerá de nuestra voluntad y consciencia permitir que ese sentimiento «se adueñe» de nuestra atención, metiéndonos en una especie de «jaula mental» que impide que sigamos trabajando con total libertad y tranquilidad.

Y a su vez, la voluntad y consciencia dependerá de nuestra capacidad innata pero también del entrenamiento que hagamos de ellas.

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, ante el ejemplo propuesto no es recomendable que comuniquemos con el cliente hasta que baje nuestra intensidad emocional, porque no seríamos capaces de hacerlo «asépticamente», pudiendo agravar el problema.

Posteriormente, si nos asaltan constantemente pensamientos que atrapan nuestra atención, una técnica sencilla de practicar (aunque lleva varias semanas de entrenamiento), es «no dar conversación a tu mente».

Es normal que el sentimiento vivenciado origine pensamientos automáticos sobre el hecho producido, variando en función de nuestras expectativas, sistema de creencias, valores y experiencia previa.

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Se trata de no seguir «el juego», de no identificarse con los pensamientos, de darnos cuenta que son pensamientos emitidos por la mente, no por nosotros.

Nosotros podemos ser un observador que, desde una posición elevada, ve lo que sucede sin involucrarse.

Es lo que llamamos «atención plena» o mindfulness (en inglés parece que es más importante 🙂 ). Cuando conseguimos ver los pensamientos como una simple conversación que nos propone la mente, podemos decidir si le damos conversación o no. Como si se tratase de otra persona.

Parafraseando a una gran profesional de la oratoria (y mejor persona), como Maty Tchey, sería como poner «mirada muro de hormigón» ante la llamada de la mente.

Esta mirada consiste en fijar nuestra atención en otro punto o aspecto (p.ej., nuestra respiración), no haciendo caso al que nos dirige la palabra, aunque le veamos y oigamos (algunos camareros son auténticos maestros en esta mirada cuando les llamas 😉 ).

Para conseguir esto necesitamos, inexcusablemente, entrenar a diario al menos 15′ (sí, es como ir a un gimnasio mental).

Sentados, con los ojos cerrados, centramos la atención en nuestra respiración y esperamos a que vengan los pensamientos automáticos.

Los observamos tratando de no darles conversación, no enganchándonos a ellos para que no nos lleven hacia su terreno.

Si esto sucediese (que sucederá), cuando nos demos cuenta volvemos a llevar la atención a la respiración y volvemos a esperar el siguiente pensamiento.

Conforme vamos entrenando, podremos comprobar cómo los pensamientos van espaciándose cada vez más, llegando incluso a desaparecer cuando llevamos la atención a otro punto.

Al dejar de «dar conversación» a nuestra mente, ésta nos va dejando en paz de manera progresiva.

De forma que, cuando se activan pensamientos ante una situación dada, seremos capaces de manejar nuestra atención y no quedarnos enganchados en una conversación improductiva con ellos.

¡Ojo! No hablo de olvidarnos o evitar el problema, sino de saber regular estados emocionales hasta que decidamos abordar el problema, pudiendo hacerlo así de una forma más ordenada y controlada por la razón.

Esta habilidad es especialmente potente y necesaria cuando influimos a diario en otras personas (padres/madres, profesores/as y directivos/as) puesto que nuestro comportamiento impacta directamente en el clima percibido y, por tanto, repercute a su vez en la conducta de los demás.

¿Y tú, le das conversación a tu mente?

Fuente imágenes: coimpresoresdeoccidente.com; comomeditar7.wordpress.com

 

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