¿JUEGAS A GANAR, O A NO PERDER?

A todas las personas nos gusta mejorar y ganar (o al menos eso creo).

Lo que pasa es que para ganar o conseguir lo que queremos es necesario realizar acciones o comportamientos motivados, dirigidos y sostenidos hacia el objetivo en cuestión.

Pero claro, a no ser que participes en un juego en el que sorteen lo que quieres ganar (donde el esfuerzo a realizar es tan bajo como las posibilidades de ganar el premio), conseguir algo diferente a lo que ya estás consiguiendo supone realizar conductas diferentes a las que estás realizando, durante el tiempo necesario.

Y comportarse de manera diferente y duradera a cómo lo hacemos requiere, además de motivación (motivos para la acción), un reenfoque en la forma de interpretar y sentir determinados aspectos de nuestra realidad que irán apareciendo en forma de obstáculos y excusas.

Por ello hay muchas personas a las que les gustaría jugar a ganar o mejorar, pero su forma de enfocar las circunstancias junto a sus arraigados hábitos de comportamiento les impide ver con claridad que están inmersas en una dinámica de jugar a no perder o no empeorar.

Y créeme, así la vida se vive mucho más amenazante y, por tanto, mucho menos satisfactoria porque tu leit motiv será «cuidao, cuidao, cuidao».

Por supuesto me refiero a jugar a ganar de forma ecológica, ética, desde un modelo ganar-ganar.

Y es que cambiar, ampliar o adaptar conocimientos, actitudes y paradigmas obsoletos requiere «soltar» aquellas estrategias, formas de ver y sentir que nos han servido para sobrevivir hasta el momento, lo cual nos genera un miedo atenazante ante las consecuencias inciertas.

Ya en la primera mitad del siglo XX, el gran psicólogo Burrhus F. Skinner demostró cómo el entorno y las consecuencias de la conducta podían modular la misma incorporando nuevos comportamientos, incrementándolos o disminuyéndolos incluso hasta extinguirlos.

Por otro lado, en PNL (programación neurolingüística) se introduce el concepto de «mapa mental» a la forma en que cada persona interpreta la realidad, aspecto al que Skinner no dio importancia alguna (quizá por trabajar habitualmente con animales).

La buena noticia es que es posible «redibujar» ciertos aspectos de nuestro mapa mental con el objetivo de ampliar nuestro rango de posibilidades de acción, influyendo en el entorno y nuestro bienestar.

Porque la forma en que cada persona vemos y percibimos el mundo, no coincide exactamente con la realidad (de hecho ni siquiera un mapa o GPS lo hace), sino que es una interpretación que cada uno «fabricamos» en base a nuestra predisposición genética en interacción con el entorno, la educación y los aprendizajes adquiridos.

Todo ello va dando forma en nuestra mente a una serie de categorías, suposiciones y generalizaciones que asumimos como «verdades indiscutibles», esculpiendo nuestra forma de ver, sentir e interpretar la realidad, lo que nos lleva a actuar de una determinada forma.

A este proceso mental selectivo y personal, el psicólogo Chris Argyris lo llamó «escalera de inferencias».

Como se aprecia en el gráfico, este proceso mental inconsciente y automático nos induce una percepción selectiva de la realidad (atendemos unos detalles y obviamos el resto), lo cual va reforzando en un bucle sin fin nuestro modelo de interpretación o mapa mental del mundo. ¿Me explico?

¿Y cómo se modula esto?

En primer lugar decir que no todos los mapas mentales de una persona necesitan cambios. Puede que la mayoría sean válidos en general, si bien puede que haya alguno incompleto, erróneo o poco útil en ciertos aspectos.

La señal inequívoca de que necesitamos revisar alguno de nuestros mapas mentales será el sufrimiento sentido ante situaciones cotidianas (especialmente las más intensas). Las emociones son vehículos que nos conectan con la vida y nos hablan de nosotros, de cómo nos relacionamos con las situaciones de la vida.

Aclarar que me refiero a la cotidianeidad en territorios libres de guerras y/o hambrunas donde salvar la vida sería el único objetivo de cada día.

Dicho esto, vemos cómo muchas personas querrían mejorar su vida pero les resulta imposible o extremadamente doloroso, especialmente a aquellas personas que están rígidamente aferradas a su forma de ver actual (fusionadas con su producción mental automática).

Al más mínimo intento de cambio provinente del exterior, surge un mecanismo de defensa del ego (inmaduro) que activa un escudo protector ante la idea de aceptar o reconocer que puede que estemos equivocados en nuestra mirada.

Aceptarlo sería una forma de auto-proclamar que no se tiene «la razón» y eso genera incertidumbre al soltar la verdad a la que estábamos aferrados como si fuese una tabla de salvación, certidumbre y seguridad.

Esa incertidumbre hace, ante esa forma de ver estrecha, que nuestro ego active un miedo y lo ponga como escudo defensivo para evitar soltar lo conocido.

Quedarse anclado en el miedo a la incertidumbre es vivir la vida desde una posición de escasez (jugar a no perder o «a ver qué puedo obtener»).

Sin embargo, ensanchar o actualizar nuestros mapas mentales supone ampliar nuestra capacidad de acción y eso es vivir la vida desde la abundancia (jugar a ganar o «a ver qué puedo aportar»).

Por supuesto gestionaremos los posibles riesgos que haya pero será desde la capacidad de acción múltiple y no desde la paralización.

¿Y tú, estás jugando a ganar, o a no perder? ¿Te gustaría ampliar esa visión?

*Puedes aprender más de forma sencilla leyendo «La Palanca del Éxito, S.L.: activa tu inteligencia emocional y relánzate».  Aquí puedes leer las primeras páginas del libro, una reseña aquí y una entrevista en «Libros de Management».

1 Comment

  1. […] La inteligencia emocional es la habilidad de ir encendiendo luces en la consciencia para poder ver nuestros “códigos de conducta” o “mapas mentales” y desmontar o flexibilizar aquellos que nos perjudiquen o limiten, tal como explicaba en el post anterior. […]

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