¡Estoy rodeado de imbéciles!

La expresión que da título a este artículo la he escuchado en algún momento, en empresas de diversos tamaños y sectores, de boca de profesionales en su puesto de trabajo, ya sea como empleado, colaborador, mando intermedio o directivo. No sé si tú la has escuchado también.

De hecho, cuando en mis conferencias sobre inteligencia emocional, comunicación y liderazgo saco este tema, suelo ver muchas cabezas “asintiendo” entre el público.

Aclarar, que cuando alguien usa esta expresión, en realidad, se suele referir a que las personas que tiene a su alrededor no le comprenden, no le hacen caso o no tienen el desempeño que él o ella quisiera.

Y eso, claro está, le frustra y le enfada.

Pero, ¿realmente es así? ¿estamos rodeados de imbéciles en las empresas?

No lo creo. Si así fuera, el primer responsable sería quien selecciona a esas personas y quizá tendría que revisar el proceso de reclutamiento y selección.

A lo largo de mis treinta y tantos años trabajando en, y con, empresas de todo tamaño (pymes y grandes empresas) he podido comprobar que todas tienen personas muy válidas dentro de su organización.

Es más, siempre encuentro auténticos talentos y grandes capacidades entre los equipos de trabajo. 

Gente con una tremenda habilidad para el análisis, a menudo muy racional, con calidad técnica, organizativa, de gestión o de dirección.

A ver, siempre puedes encontrar a alguien que no sabe o no quiere (o no puede), pero suele haber un motivo, no visible a simple vista, que explica su comportamiento (es muy habitual, por ejemplo, que haya necesidades psicosociales insatisfechas).

Entonces, ¿si la realidad es que la mayoría de veces estamos rodeados de personas muy competentes y válidas, por qué a menudo tenemos la percepción contraria?

Muy sencillo.

Porque no somos tan lógicos y racionales como creemos ser.

Nuestra capacidad consciente y racional es una ínfima parte de nuestra totalidad (algunos estudios apuntan al 5% de racionalidad).

Además, nuestra capacidad pensante y reflexiva consume mucha energía y tiempo, por lo que solemos usarla pocas veces o poco rato.

En realidad, no somos lógicos sino “psicológicos” o, mejor, «psicosociológicos».

Nuestro sistema mental inconsciente, automático y emocional (de bajo consumo y de procesamiento ultrarápido) afecta poderosamente a nuestras funciones ejecutivas (atención, memoria, percepción, pensamiento, lenguaje, toma de decisiones) y, por extensión, a nuestra conducta.

De forma que los contratiempos diarios, las interacciones con compañeros, jefes/as, subordinados, clientes y proveedores, interactúan constantemente con nuestro sistema inconsciente.

Eso, sin contar que hayamos pasado una mala noche de insomnio, estemos acatarrados o tengamos hambre. Cosa que agravaría nuestro mal humor.

Si sumamos que nuestro cerebro nos facilita una valoración e interpretación de los hechos sobre la base de ideas fuertemente arraigadas, como son los esquemas mentales, creencias, categorizaciones, estereotipos, paradigmas y demás sesgos cognitivos o heurísticos, nos podemos hacer una idea de que aquello que creemos ver tal cual es, en realidad estamos viéndolo a través de unas «gafas mentales».

Si no fuéramos a toda velocidad a lo largo del día, quizá podríamos darnos unos segundos o minutos, parar, mirar, ver más allá y, entonces, analizar o reflexionar conscientemente sobre qué está ocurriendo (fuera y dentro de nosotros).

Pero como lo habitual es tener decenas de estímulos diarios con los que interactuamos en la empresa, dejamos a nuestro “piloto automático” que conduzca «nuestro vehículo» sin dejar espacio para la consciencia plena (ver más allá de lo aparente).

Recordemos que la realidad es aquello que no se ve a simple vista.

Es también nuestro piloto automático el que, con su mecanismo de autoprotección, activa un «popup mental» del tipo “estoy rodeado de imbéciles”, tratando de justificar lo ocurrido, atribuyendo el comportamiento de los demás solo a sus características personales (sesgo de correspondencia), sin tener en cuenta el contexto personal y social dentro de la empresa.

Solo cuando reflexionamos, analizamos y evaluamos la situación de manera más sosegada, serena y comprensiva, tratando de elevar nuestra mirada para ver con perspectiva y mayor globalidad, empezamos a intuir nuestra cuota de responsabilidad, de la cultura, de las circunstancias, de las relaciones, etc., etc.

Quizá, desde esa posición más elevada y autocrítica (y con un mínimo de humildad), podamos ver que no hemos definido con claridad, quizá, algunos roles de compañeros o colaboradores.

O quizá no hemos comunicado con precisión las prioridades, o los criterios de calidad, para trabajar en pro de los objetivos.

O en realidad apenas nos hemos comunicado con los demás en los últimos dos meses y ha ido aumentando la ambigüedad o la confusión hasta tal punto que se produce un pequeño caos o se yerra en las decisiones.

O quizá podamos darnos cuenta de que hemos estado generando frustración o desconfianza entre nuestro equipo directivo, «puenteando» mandos intermedios, al comunicar con sus equipos sin avisarles a ellos/as, con la buena intención de ganar en eficiencia o ahorrarles trabajo.

En cualquier caso, el ejercicio a realizar es de consciencia y reflexión para poder ver aquello que para “el piloto automático” pasa desapercibido a sus ojos.

Es como el chiste de aquel conductor que se dirigía en sentido contrario por la autopista y escuchaba por la radio en las noticias:

“Tengan mucho cuidado, un imbécil conduce por la autopista en sentido contrario” , a lo que reacciona rápidamente diciendo -¡¡uno no, todos, todos!!

¿Y tú, también crees que estás rodeando de imbéciles?

** Fuente imagen: Adobe Stock

2 Comments

  1. Excelente artículo, como bien dices, eso pasa cuando en lugar de ser lógicos y objetivos metemos las emociones, y más cuando el jefe se siente amenazado por el potencial de los trabajadores y prefiere invalidarlos a motivarlos.
    saludos

    1. Así es, Salvador. Muchísimas gracias por dejar tu comentario. Un saludo.

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