Cada vez que entro en una empresa para ayudar a mejorar aspectos relacionados con el liderazgo, la comunicación o la salud psicosocial, suelo empezar con una pregunta.
Una pregunta que, reconozco, puede meterme en un jardín del que salga mal parado.
¿Cuál es el propósito de esta empresa?
Y casi siempre aparece la misma respuesta.
«Ganar dinero».
Mi respuesta suele similar a esta: «Ganar dinero no debe ser el propósito de una empresa«.
Y antes de que alguien piense que voy a demonizar el dinero, aclaro lo siguiente: «Ganar dinero no solo no es malo; es imprescindible«.
El dinero es uno de los recursos más importantes de cualquier organización porque lo utiliza para pagar nóminas, impuestos, proveedores, suministros, invertir y acceder a los recursos necesarios para seguir creando valor.
Y sí, también para generar una rentabilidad justa y sostenible para sus accionistas e inversores, porque ellos también forman parte del valor que la empresa crea.
Pero sigue siendo eso, UN RECURSO, UN MEDIO. No el propósito, rumbo o finalidad.
Creo que muchas veces confundimos los recursos con el rumbo y los medios con el fin.
Por ejemplo, hasta donde yo sé, nadie compra un coche con el propósito de consumir combustible per sé.
Es decir, el combustible es el recurso o el medio que permite que el coche se mueva, que avance, pero no explica hacia dónde queremos ir.
Con las empresas ocurre algo parecido.
Después de muchos años trabajando con organizaciones, he llegado a una conclusión.
Las empresas sostenibles no necesitan una única mentalidad en este sentido. Necesitan convivir, al menos, con dos mentalidades.
La primera es la mentalidad de supervivencia.
Es la que se pregunta «¿Cómo garantizamos la continuidad de la empresa?«.
Se ocupa de la liquidez, la rentabilidad, la eficiencia y la gestión de los recursos en general.
Especialmente durante los primeros años, cuando el capital inicial empieza a agotarse y todavía no existe la inercia suficiente para que el propio valor generado mantenga el movimiento.
O en situaciones de crisis.
Sin esta mentalidad, claro está, una empresa tenderá a desaparecer antes de consolidarse.
La segunda es la mentalidad de propósito.
Es la que se pregunta «¿Qué contribución queremos hacer?«.
No habla de facturación y ganar dinero. Habla de rumbo.
Define el valor que queremos crear para todos los grupos de interés.
- Soluciones para los clientes
- Oportunidades de desarrollo para las personas trabajadoras
- Rentabilidad sostenible para los accionistas e inversores
- Relaciones de confianza con los proveedores
- Contribución positiva a la sociedad
- …
Y, sobre todo, establece los límites que no estamos dispuestos a cruzar para conseguir resultados.
El problema aparece cuando una mentalidad sustituye a la otra.
Si solo pensamos en sobrevivir, corremos el riesgo de perseguir solo recursos y dejar de crear valor.
Si solo pensamos en el propósito, podemos olvidar que sin recursos tampoco podremos seguir cumpliéndolo.
Por eso creo que la verdadera sostenibilidad nace del equilibrio entre ambas.
Pero, desde mi punto de vista, todavía falta una tercera pieza.
La cultura organizacional.
Porque las mentalidades, por sí solas, no cambian una empresa.
Lo hace la cultura.
Es la cultura la que convierte esas mentalidades en decisiones, hábitos y comportamientos cotidianos.
Es la cultura la que acaba respondiendo a una pregunta muy sencilla «¿Cómo hacemos las cosas aquí?«.
Y es precisamente esa cultura la que termina creando el ambiente en el que las personas trabajan, colaboran y toman decisiones.
Por eso me gusta reinterpretar la frase atribuida a Peter Drucker que dice «la cultura se come a la estrategia para desayunar».
Podemos decir que el propósito marca el rumbo, la estrategia diseña la ruta, la cultura organizacional define cómo viajamos y la mentalidad de supervivencia se asegura de que el depósito nunca se quede vacío.
Quizá la sostenibilidad empresarial no consista en elegir entre dinero y propósito, sino en construir una cultura capaz de mantener el equilibrio entre una mentalidad de supervivencia y una mentalidad de propósito.
Porque una empresa no perdura por ganar dinero. Perdura porque consigue transformar sus recursos en valor, una y otra vez.
Una reflexión mientras escribo
Mientras escribo este artículo me he dado cuenta de algo que no había formulado hasta ahora.
Tal vez muchas organizaciones no tengan un problema de propósito.
Ni siquiera un problema de rentabilidad.
Tal vez su verdadero problema sea que han desarrollado una cultura donde la mentalidad de supervivencia ha terminado eclipsando a la mentalidad de propósito.
Y cuando eso ocurre, el dinero deja de ser un recurso para convertirse en el rumbo.
Creo que ahí empieza el verdadero riesgo, cuando la empresa solo se focaliza en el corto plazo y se dedica a vender a cualquier precio y de cualquier manera.
Del propósito a la práctica
No quiero terminar este post con un enfoque puramente conceptual.
Porque mantener el equilibrio entre supervivencia y propósito exige trabajar sobre la cultura organizacional y, especialmente, sobre la forma de liderar.
Es precisamente uno de los ámbitos en los que trabajo con las empresas. Ayudarlas a construir entornos de trabajo saludables que permitan cuidar a las personas sin dejar de cuidar los resultados.
El liderazgo de base segura, la inteligencia emocional aplicada, la mejora de la comunicación o la intervención sobre los factores psicosociales son algunas de las palancas que pueden ayudar a conseguirlo.
Porque un liderazgo saludable no consiste en proteger a las personas de cualquier exigencia. Consiste en proporcionar seguridad para afrontar los retos y autonomía para crecer, manteniendo al mismo tiempo compromiso, responsabilidad y resultados.
En definitiva, ayudar a construir una cultura en la que la mentalidad de supervivencia permita seguir avanzando sin que la empresa pierda de vista su propósito.